1Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, y también el mar.VII. LA NUEVA JERUSALÉN(21.2—22.5)
2Vi la ciudad santa, de la presencia de Dios. Estaba arreglada como una novia vestida para su prometido.
3Y oí una fuerte voz que venía del trono, y que decía: «Aquí está el lugar donde Dios vive con los hombres. Vivirá con ellos, y ellos serán sus pueblos, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.
4Secará todas las lágrimas de ellos, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor; Al que tenga sed le daré a beber del manantial del agua de la vida, sin que le cueste nada.
7El que salga vencedor recibirá todo esto como herencia; y yo seré su Dios y él será mi hijo.
8Pero en cuanto a los cobardes, los incrédulos, los odiosos, los asesinos, los que cometen inmoralidades sexuales, los que practican la brujería, los que adoran ídolos, y todos los mentirosos, a ellos les tocará ir al lago de azufre ardiente, que es la segunda muerte.»
9Vino uno de los siete ángeles que tenían las siete copas
10Y en la visión que me hizo ver el Espíritu, el ángel me llevó a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de la presencia de Dios.
11La ciudad brillaba con el resplandor de Dios;
16La ciudad era cuadrada; su largo era igual a su ancho. El ángel midió con su caña la ciudad: medía doce mil estadios; su largo, su alto y su ancho eran iguales.
17Luego midió la muralla: medía ciento cuarenta y cuatro codos, según las medidas humanas que el ángel estaba usando.
18La muralla estaba hecha de diamante, y la ciudad era de oro puro, como vidrio pulido.
19Las piedras de la base de la muralla estaban adornadas con toda clase de piedras preciosas: la primera, con diamante; la segunda, con zafiro; la tercera, con ágata; la cuarta, con esmeralda;
20la quinta, con ónice; la sexta, con rubí; la séptima, con crisólito; la octava, con berilo; la novena, con topacio; la décima, con crisoprasa; la undécima, con jacinto; y la duodécima, con amatista.
23La ciudad no necesita ni sol ni luna que la alumbren, porque la alumbra el resplandor de Dios,
25Sus puertas no se cerrarán de día, y en ella no habrá noche. del Cordero.
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